Burgos 2018

Soy un afortunado. Intento moverme en el territorio del arte desde que tengo “uso de razón” y sé que no es tarea fácil. La mayor parte de mis años los he dedicado a la enseñanza del arte en la Universidad y he intentado –con alguna fortuna– compaginar la docencia con la práctica artística. En cualquier caso siempre he sostenido que ha sido en los alumnos donde han cristalizado algunas de mis ideas manteniendo su entusiasmo y mi ánimo.
Afrontar un reto como el presente ha supuesto para mí un encuentro con un número importante de recuerdos, presencias y ausencias de personas y lugares, cosas que han ido cambiando con el paso del tiempo o han sido devoradas por el imperativo de la caducidad y relegadas al olvido.

Una suma de pérdidas y encuentros que me lleva casi inconscientemente a trabajar con lo que tengo, con lo que desecho o lo que no estoy dispuesto a perder... suma de materias, imágenes, recuerdos y materiales que han ido conviviendo conmigo y marcando mis días... y así me encuentro sumido en una tarea propia de notario-taxidermista-explorador buscando, eligiendo hasta encontrar una opción que elijo y muestro ahora.

Un trabajo, una tarea obligada y deseada, siempre pendiente, en que la memoria se encuentra con mi conocimiento, destreza o torpeza a la hora de aproximarme al ”tema” y transformarlo, materializarlo en un asunto o en otro, con un procedimiento de revisión-recuperación-valoración que le confiere un sentido nuevo, artístico. Un trabajo complejo que me coloca en un mundo conocido apenas sesenta años y prácticamente hoy desaparecido, extinto, un mundo agrario de campesinos y pastores del que somos tan deudores como desconocedores, una realidad que evoca un vocabulario propio, que explicaba una vida que se ha esfumado ante nuestros ojos y no es otra que la voz de la vida de nuestros mayores, padres, abuelos... y de nuestra propia vida.


Cerca de mi árbol / yo vivía feliz / nunca me debería / haber alejado de mi árbol. / Cerca de mi árbol / yo vivía feliz / nunca debería / haberlo perdido de vista.
Cerca de mi árbol

GeorGes Brassens


Exponer es mostrar, enseñar, exponerse... aunque también puede ser una manera de esconderse, camuflarse, una suerte de ocultamiento. Cualquier exposición lleva una carga emocional y física –propia de la profesión– que ocupa la vida de quien se arriesga a tal aventura desde el momento que sabe la fecha hasta su terminación. Un trabajo de esta naturaleza exige un viaje en solitario –que nadie puede hacer por uno– y asumir el riesgo de hacer público un trabajo que nunca se siente acabado y del que difícilmente se sale airoso... siempre queda la satisfacción de haberlo intentado, del esfuerzo y el trabajo bien hechos y de saber que uno está en el camino y hay mucho trecho por recorrer.

Ocurre que, una vez presentado el trabajo, uno ya está pensando por dónde pueden ir los caminos y trabajos futuros.
Vivimos tiempos especialmente adversos para el arte aunque ¿cuándo fueron buenos? El mundo del arte zarandeado por los intereses del mercado y el espectáculo se encuentra sumido en un momento confuso que cuestiona su propia existencia. El arte se ha convertido en un divertimento, un producto más de consumo en que ocupar y entretener al turista y espectador que configuran y marcan las pautas y el comportamiento de muchas ciudades y de sus habitantes en la sociedad del espectáculo. Es el cliente quien manda en “La gran Turestíada” esa invasión que propiciamos, practicamos y padecemos.
Tiempos de “Pan y circo” en que las guerras o las catástrofes son contadas en los telediarios como si se tratara de películas de aventuras o de “hazañas bélicas” y el arte que llega al gran público juega un papel de comparsa y entretenimiento.

 


¡Ah Castilla!
Esa Castilla del pueblo / de mis abuelos paternos / eras, sudor, majuelo y tumba, / de la mano de un hombre y / de tantos abandonada, / herida por la sed y la espera, / de ausencias llena, / de castillos en el aire y honra pétrea, / Campaspero2 pulido por el cierzo / en peraltes, plazas y catedrales, / guarda en su capa parda / ribeteada en seda negra, / la esencia de ser y haber sido. / Acá el majuelo, allá el barbecho, / tras la polvareda un perro flaco, / un rebaño chico y un pastor viejo. / En la meseta, aromas de chopera y secano, / orégano, tomillo, espliego y jaras / es ahora tierra callada, de niños yerma, / sin mozos ni quintos, voces ni algarabía / por los recovecos, cierzo frío y silencio / eco sordo de ausencias / apenas roto por un bronce ronco.
Ad-verso

Lucas LLorente Roa

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